¿Por qué hicimos una polera de Romario?
La hicimos por un recuerdo, uno que tal vez compartamos.
Olor a sandía y damascos en la cocina, es febrero de 1994, dos amigos del barrio en el living, el canal 9 transmite en directo un partido del Madrid contra el Barcelona y todos estamos reunidos junto a mi papá y mi hermano, con los ojos bien abiertos. Expectantes.
Estamos aquí con una certeza: queremos ver a Bam Bam Zamorano destruir a los catalanes y estamos seguros de que eso pasará. Es ágil, se eleva como pocos, cabecea como si tuviera un pie derecho en la sien y lleva la 9 del Madrid. Pero el fútbol suele sorprendernos y la realidad nos devolvió un puñal frío, pequeño, de color azulgrana y con la número 10 en la espalda.
Por primera vez estamos viendo jugar a Romario contra Bam-Bam, lo vemos en directo y luego de unos minutos simplemente no lo podemos creer.
¿Cómo lo hace para que no lo toquen? ¿Cómo es que supera con tanta facilidad a defensores más altos y más fuertes?
—¡Es que ni siquiera pueden pegarle! — grita mi papá, emocionado de lo que está viendo.
Para mí es entrar a una dimensión nueva, uno donde la creatividad y el ingenio es más importante que todo el resto cuando se trata de fútbol.
Romario hace tres goles y hace añicos al Madrid de Iván Luis. Lo hace con gracia, con elegancia. Pareciera que no le cuesta nada, que sus pies no tocan el suelo. ¿Es magia? pienso.
La magia se extiende al próximo domingo, al mes, la temporada y los años. No me quiero perder un partido de Romario. Mi papá me recuerda que ya lo habíamos visto dar espectáculo. Cuatro meses antes el Baixinho Infernal había despedazado a Uruguay en el Maracaná por las eliminatorias para el mundial de Estados Unidos.
Es cierto. Yo era un niño y no había conectado que ¡era el mismo jugador!
Así éramos en los noventa. No me juzguen

Invente, Roma(rio), invente
En ese partido inventó una jugada rarísima, inédita, podríamos decir. Ya había maracado un golazo de cabeza, Brasil ganaba 1-0, Uruguay debía ir a buscar el empate. Fue cuestión de tiempo para que tuviera una más: enfrentó mano a mano a Siboldi, el arquero uruguayo. Tiró la pelota por un lado y la lógica decía que iría a buscarla por el otro. Pero inesperadamente hizo una finta y con ella eludió la falta. Pasó por el mismo lugar de la pelota. Marcó el 2-0 para Brasil, eliminó a Uruguay y nos dejó a nosotros que estábamos en La Serena, a los brasileños en el Maracaná y a cualquiera que hubiese estado mirando el partido, en el absoluto delirio.
Unos meses más tarde fue sin duda alguna el mejor futbolista del mundial de Estados Unidos, en la semifinal le marca un gol digno de una gacela a Países Bajos, y en la final convierte su penal con frialdad. Baggio lo pierde. El Baixinho se transforma en una estrella mundial y lo hace marcando goles creativos, únicos y aparentemente sin desperdiciar una gota de sudor.
Fue su mejor momento.
Pasaron los años y Romario comenzó a bajar los escalones que lo habían llevado a la cima. Sus partidos ya no siempre los transmitían cuando jugaba en Valencia y menos cuando volvió a Brasil. Sólo era posible disfrutarlo cuando jugaba la Libertadores o cuando lo nominaban a la selección brasileña.
Lo empecé a idolatrar cuando yo tenía 12 años, pero ya tenía 17 cuando vino con el Flamengo a jugar contra Colo-Colo.
Casi no había tocado el balón y el Cacique era más cuando le llegó la primera oportunidad. Fiel a su estilo, pareció ni siquiera esforzarse para sacarse en dos toques a Raúl Muñoz y a Juan Carlos González y luego definir rápido a un costado. Un golazo que dejó a los cariocas 2-0 arriba en un partido que hasta ese momento estaba parejo.
Luego pidió el cambio. Jugó 25 minutos.
Hizo un golazo. No lo celebró.
Eso bastó para que mi papá se pusiera de pie para aplaudirlo, yo lo imité y con nosotros buena parte del estadio. Nunca antes y nunca después vi que pasara algo así en el Monumental con un rival que además nos había hecho un golazo.
Entonces pensé que no estaba solo. Que en el fondo y aunque no todos se dieran cuenta, éramos miles de niños homenajeando a uno de nuestros primeros héroes de infancia.
Por eso hicimos esta polera, es un homenaje a Romario y a los miles de niños que se maravillaron viéndolo en el Nou Camp, en el Maracaná, en Rose Bowl y también en el Monumental un 4 de agosto de 1999.